domingo, 2 de noviembre de 2014

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Comer es un acto brutal/
         
            Al día de hoy no puedo decir si esa frase la escribí o la leí. La lógica, tan inapelable como glacial, afirma sin errores que hice ambas cosas; es verdad. Pero el asunto aquí es saber el orden de las acciones. Si primero fue la lectura, este texto comienza con un recuerdo sesgado de una expresión X, en cambio si el autor de este párrafo es el mismo que el de la oración que lo antecede, usted se ha transformado en lectora o lector de la aburrida catarsis de un escribiente.

Por qué estoy aquí, saliendo del comedor con una pregunta, ¡Claro! -exclamo de improviso, imagínese que exclamo de improviso-, todo vino a colación de la frase Comer es un acto brutal, por qué dije eso, ¡Claro! -imagine otra vez, haga copypaste de imaginación- estaba leyendo una revista cuando me dio hambre y fui a la cocina. Ya estoy ahí -imagine el bordecito de un gerundio, confío en usted-, abro la heladera, preparo un sándwich de carne con mayonesa, lo voy a comer, lo voy a acompañar con un café negro.

El sencillo acto de comer, ni siquiera cenar como es debido, engañar el estómago por la pereza que da cocinar para uno solo (menos uno). Hombre comiendo comió -volvamos al bordecito del gerundio, mi confianza en usted es inquebrantable- comida hombre en el centro del comedor vacío, sin televisión. Mastica el pan y con la saliva moja las manos ardientes de los cosecheros, mientras la lengua empuja el mazo que desnuca a las vacas y traga -yo trago, imagine que soy un narrador omnisciente, no se asuste, es como Dios pero con menos votos- de la misma forma que el supervisor de planta de Fanacoa cuando pasa revista a la producción y ya se quiere ir.

Hombre comiendo es un galón de gasolina con remera, hambres comiendo son un motor a exposición; Dios/

Abro la heladera, abrazo a un cuerpo invisible según el pollo frío que me observa por el hueco de su ano, los muertos nos observan por los sitios más inverosímiles y la necrofilia no deja de ser un exceso de nostalgia. Abro la heladera como un empleado de la morgue judicial le muestra un cuerpo a una madre angustiada. Son demasiados cuerpos, muy pocas heladeras, demasiados hambres comiendo, ¿quién se come todos nuestros muertos?, alguien lo debe hacer sino hace tiempo ya hubiéramos perecido de inanición, de hombre.

Pienso todo esto porque estoy solo, jodidamente solo, hermosamente solo, y no sólo. La soledad es una lupa maniquea, debo conseguir un trabajo, quebrar el vidrio, mojarme la cara.

Saber que la tristeza puede ser una furiosa capilla para los ateos, patear piedras. La realidad un contrato leonino con el mundo -y se firma a cada momento, imagínese un tipito firmando-.

Todos somos gasolina, la convicción encender una vela, alimentar un motor, o ver en llamas el jardín de las vecinas. Debo conseguir. Un trabajo.


1 comentario:

  1. Comer es un acto brutal si estás muerto de hambre, en ese caso, sí buscate un trabajo. Pero si hay para alimentarte, buscate una mina, que ahí hay otros manjares que dejan satisfecha a la soledad.

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